No lo compraste y no lo reconoces, pero ahí está en tu wallet. Eso es dust. Los scammers envían estos tokens a miles de direcciones a la vez. El nombre del token o un sitio vinculado te invita a reclamarlo, swapearlo o aprobarlo, y en ese approval se cierra la trampa.
El peligro nunca es el dust en sí. Tener un token desconocido no cuesta nada y no hace daño por sí solo. El riesgo empieza en el momento en que interactúas con él: aprobarlo, swapearlo o visitar el sitio que anuncia. Cada una de esas acciones puede entregarle a un contrato malicioso el permiso que estaba pescando.
La jugada segura es no hacer nada. Oculta el token en la interfaz de tu wallet y nunca lo apruebes ni lo swapees. Una wallet que carga docenas de dust tokens tiene una superficie de phishing más amplia que una limpia; por eso un chequeo de riesgo marca la exposición fuerte a dust como advertencia aun cuando todavía no se movió dinero.